lunes, octubre 25

post-it attack

No sé en qué momento empecé con la costumbre de anotar todo. Primero escribía sobre las cosas que pasaban, los sentimientos, las ideas, los momentos importantes, porque de algún modo sospechaba que no iban a repetirse y quería asegurarme de no olvidarlos nunca. Y probablemente habría ocurrido si hubiera guardado esos montones de papeles. Pero de repente entendí que lo realmente importante se queda en la cabeza, así que adiós diarios de vida y similares, bienvenidas agendas con listas de asuntos pendientes. Y esos sí que se me olvidan, sobre todo cuando son tan irrelevantes como pagar las cuentas o comprar comida en el supermercado.

Apenas llegué a mi departamento nuevo compré una pizarra de metal y muchos imanes para poner en ella lo que se debe hacer: el aviso de los gastos comunes, el arroz o los fideos que faltan. Tengo también mi libreta de siempre, con mis tareas escritas en colores: comprar el regalo de cumpleaños para mi prima, llevar mis pantalones favoritos con la señora que cambia cierres, mandar el curriculum al que podría ser mi próximo trabajo. Y en la pega me regalaron el cuaderno institucional, que ya perdí alguna vez y luego Jefecito me lo trajo de vuelta de la sala de reuniones mientras yo cruzaba los dedos para que ojalá no hubiera visto los dibujos que hice de él hablando sobre sus graaaandes proyectos.

Pero lejos lo mejor de todo son los post-it, especialmente cuando los provee esta ilustre empresa. Con el tiempo se han instalado sobre mi computador, mi calendario, mi pared y seguramente en algún rincón inaccesible donde quedarán hasta que alguien me reclame por algo que no hice. A veces también salen del ámbito laboral y me los llevo pegados en la billetera o en la bip, con direcciones y números de micro. Lo bueno es que los puedo botar cuando la misión se ha cumplido. Lo malo es que la mayoría de las misiones no se han cumplido, así que me siento bajo ataque de los papelitos amarillos igual que en esa escena de Todopoderoso.

Lo peor es que esa imagen es literal y metafórica a la vez. En la oficina es literal, y mis compañeritos se ríen cuando pasan a verme. En el resto de la vida, siento que mi cabeza está llena de post-it mentales que me miran con cara de amenaza por tenerlos ahí abandonados tanto tiempo. Pero no hay caso. Hay algo que me tiene en pausa. Y ni siquiera puedo alegar falta de tiempo o la explotación laboral del año pasado, simplemente me volví incapaz de pensar y/o ejecutar lo que sea.

Me cuesta llamar por teléfono a la gente de la pega. Me complica hacer los informes. No puedo ni terminar decentemente un post. Los platos sucios se acumulan en la cocina y el canasto de la ropa sucia parece que se rellenara solo, como los helados con vale otro. Tengo miles de visitas pendientes a los amigos, incluyendo un par de guaguas que en cualquier momento parten a la universidad y yo todavía no he ido a conocer. Quiero ir a ver a mi familia y conversar tomando tazas y tazas de té. Quiero cortarme el pelo, pintarme las uñas. Quiero ordenar mi ropa para evitar que se lance sobre mí cada vez que abro la puerta del closet. Quiero mirar el techo un par de horas sin sentir que pierdo el tiempo porque se acumulan más y más y más cosas por hacer.

Quiero, pero sigo en pausa constante, como esperando que pase algo que no sé qué es y tampoco sé si va a pasar. Bah.

2 comentarios:

Flo dijo...

Yo dejaba los papelitos colgados hasta que hacía el trámite que me recordaban. De más está decir que a muchos se les "venció" el pegamento y cayeron detrás del escritorio y el trámite por supuesto quedaba sin hacer.
Ahora los agarro con alfileres de colores en una plancha de plumavit que forré toda linda. Y que es graaaaande para que quepan todos los papelitos sin taparse entre sí.
Mucho mejor.

Scarlet O´Hara dijo...

la historia de mi vida.

saludos! :)

 

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