domingo, agosto 21

500 noches

Por un tiempo trabajé con una niña un poco trastornada y fanática de Sabina, que escuchaba una y otra vez las mismas canciones. A mí nunca me gustó mucho Sabina, pero después de terminar con el novio ella se veía más trastornada de lo habitual y a mí me daba un poco de pena porque suponía que irse o dejar que el otro se fuera no debía ser asunto fácil.

Había en particular una canción que hablaba de la novia partiendo, y Sabina cantaba algo así como que ella salió con un portazo, subió a un taxi y él debió volver "a la maldición del cajón sin su ropa". De esa parte me acuerdo porque imaginaba lo terrible que debía ser el vacío que deja una persona cuando ya no está en su casa. Terrible para el que se queda, quiero decir.

Ese día, cuando llegué y Novio ya no estaba, la canción de Sabina fue el soundtrack en mi cabeza. Raro porque, como dije, Sabina nunca estuvo entre los favoritos del sountrack.

A Novio le pedí que se fuera mientras yo no estaba porque en las despedidas siempre lo he hecho pésimo, termino diciendo cosas desde la parte más oscura de mi cerebro con todos los mecanismos de defensa activados y cero sensibilidad hacia el otro. Después pensé que habría sido más valiente cerrar el ciclo dando la cara, pero bueno. Ese día llegué y no estaban muchas de sus cosas y de algún extraño modo el departamento se sentía más grande y más vacío.

Y sí, duele y es terrible, y uno se pregunta miles de veces cuándo fue el momento exacto en que algo se quebró y todo empezó a podrirse. La escena era yo recorriendo las piezas, echando de menos un computador o un cepillo de dientes, cantando la misma frase hasta que me saturó y tuve que googlear la canción para escucharla completa. Se llama 19 días y 500 noches porque "tanto la quería que tardé en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches". Aaaahhhhh tráiganme el puñal por favor*.

Lo imagino a Sabina fumando en la barra del bar y pidiendo otro trago con su voz áspera.
"Poco a poco la di por perdida", dice él, mientras yo saco cuentas del día en que empecé a contar las 500 noches. Porque una cosa era asumir que Novio se fue y otra muy distinta era sentir que ya no estaba conmigo aunque siguiéramos durmiendo en la misma cama. Eso, señores, es infinitamente más terrible y más doloroso. 

Entonces, ese día, en lugar de lanzarme a los brazos del alcohol compré chocolates y me acosté temprano porque hacía frío. Googleé a Sabina y concluí que la situación no era tan terrible porque yo ya había empezado, desde antes, a darlo por perdido. A Novio, quiero decir.

* Si usted de verdad quiere cortarse las venas en materia amorosa, mejor escuche a Café Tacuba.



viernes, agosto 12

y se cerró el paréntesis


sábado, agosto 6

Santomé

Me acuerdo de Martín Santomé. ¿Será que esto fue apenas un paréntesis? Siempre he tenido esa sensación de quedarme sola al final del día, sin importar si me acompañaron amigos, familia o novio. Creo que eso fue lo mejor de todo este tiempo: sentir que alguien se quedaba cuando todos los demás se iban.

Me acuerdo de la época en que dudaba si cambiar o no de carrera. Sentada sobre los enormes tableros para dibujar, mientras un profesor hablaba de griegos o romanos, yo pensaba si mi paso por esa universidad sería la principal parte de mi vida o apenas una anécdota. Ahora pienso si en el futuro voy a contar que viví un par de años con un novio, que todo fue buenísimo al principio pero con el tiempo el asunto terminó siendo un desastre. ¿Y la gente irá a creerme cuando lo cuente? Hay muchos que ni se imaginan que alguna vez no quise ser periodista.

Me acuerdo del terremoto, cuando vi volar el televisor y pensé "ya está, el edificio se cae y aquí termina todo, pero igual valió la pena por los últimos meces de felicidá". Y ahora me pregunto dónde está esa felicidá. Siento que la tuve en la nariz y la espanté a manotazos. Siento que no debí ni intentar vivir con Novio, sabiendo lo pésima compañía que soy y lo mal que funciono en estas relaciones. Pero también siento que habría sido peor no intentarlo.

Puras sensaciones, ni un solo pensamiento racional. Y un instinto: si seguimos juntos vamos a terminar lanzándonos por la ventana. O saltando voluntariamente, quién sabe. Pero también hay otro instinto, uno todavía más animal, que es el que me impide alejarme de él. No quiero dejar de sentir su olor, ni dejar de dormirme sabiendo que estará ahí cuando despierte, ni dejar de hacer planes para cuando seamos viejos. O quizás sí quiero, y todo el dolor no es más que la rabia por haberme equivocado en la apuesta.

A veces pienso que debí haber sido terapeuta: tengo la capacidad de decirle a los novios qué es exactamente lo que necesitan para sus vidas. Por supuesto, yo no estoy incluída. Ya más o menos tengo claro lo que necesita Novio, lo que no sé es si seremos capaces de aceptarlo. Tampoco sé lo que necesito yo, la capacidad se acaba ahí en el espejo.

 

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